Siete Años de Gallardo en River: Historia de Copas y Gloria Inesperada
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Siete Años de Gallardo en River: Historia de Copas y Gloria Inesperada

Las mejores leyendas tienen los comienzos más extraños y los héroes más inesperados.

Nadie creía en Marcelo Gallardo. En realidad, primero una persona creyó en él: Sebastián Cejas. Era 2014, y Cejas era el director deportivo de Newell’s. Se había reunido con Gallardo, que llevaba más de un año sin trabajar después de un periodo dirigiendo a Nacional de Uruguay. Cejas, encantado con sus ideas, le ofreció ser el entrenador de Newell’s. Gallardo le pidió un día para responderle.

El resto del cuento es conocido: Gallardo, que había viajado a San Nicolás, una ciudad en el norte de la provincia de Buenos Aires, para encontrarse con Cejas, se subió a su auto y en el regreso a su casa recibió una llamada telefónica. Era Enzo Francescoli, gloria de River y secretario técnico del club. La conversación fue breve:

-Queremos que seas el entrenador de River- le dijo su ex compañero-. Se fue Ramón Díaz y te queremos a vos.

Al otro día se reunieron. Gallardo aceptó la propuesta. El 6 de junio de 2014 firmó su contrato. Y River nunca más fue el mismo equipo.


El primer partido de Gallardo como entrenador Millonario fue el 27 de julio de 2014. Gallardo lucía un abrigo que parecía quedarle grande, peinado extraño, y una cara que no transmitía seguridad. River fue su símil: un equipo sin confianza que empató 0-0 en Copa Argentina contra Ferro, de la segunda división, y clasificó por penales. Esa noche, Gallardo dirigió por primera vez a dos futbolistas que se convertirían en íconos de su gestión: Leonardo Ponzio y Jonatan Maidana fueron titulares, y todavía lo acompañan en la travesía.

Más partidos jugados

El arranque del proceso, tras el empate, fue arrollador. River parecía un equipo entrenado para matar. Estuvo 23 partidos invicto en sus primeros encuentros entre el torneo local, la Copa Argentina y la Copa Sudamericana: ganó quince partidos y empató ocho. Metió 42 goles, le marcaron 12 y mantuvo el arco en cero en 12 compromisos. En ese intervalo, el equipo hacía un gol cada 49 minutos, y pateaba al arco 5,4 veces por partido. Lideraba en esos indicadores entre todos los equipos del torneo local.

Los hinchas de River aún recuerdan esos días primaverales: el Millonario era moda, fútbol atractivo, y un deleite para sentarse a verlo jugar. River olía bien.

Hasta que una noche cambió todo.

River se encontró con Boca en las semifinales de la Copa Sudamericana. Los Superclásicos con Boca eran una pesadilla para River, y más aún en competencias internacionales: había quedado eliminado en los tres cruces anteriores. River abrió la serie en la Bombonera, y esa noche apagó la música clásica y tocó heavy metal. River fue a plantarse, a decir aquí estoy: hizo 28 faltas (16 más que su rival), su récord en toda la gestión Gallardo. Resignó su juego: si hasta entonces había tenido un promedio de posesión de balón del 58%, esa noche bajó al 48,8%. Por única vez en los 22 Superclásicos que disputó Gallardo, River no pateó al arco, pero mantuvo el suyo invicto. No había ido a campo enemigo a lucirse: fue a pisar firme con Ponzio y Maidana como estandartes. Gallardo armó un planteo para reconstruir la confianza.

Una semana más tarde, la píldora para la confianza hizo efecto: River le ganó 1-0 a Boca con gol de Pisculichi y un penal atajado por Marcelo Barovero cuya foto todavía resiste en las paredes de los fanáticos. Barovero nunca había atajado un penal en la era Gallardo. Tampoco lo volvería hacer: enfrentó diez y salvó solo uno, el que lo convirtió en mito.

River venció a Atlético Nacional en la final, levantó la Copa Sudamericana y saldó una deuda de 17 años sin alegrías continentales. Gallardo había hecho un diagnóstico correcto: en River había que inflar la cifra de campeonatos internacionales. Él estaba ahí para corregir la historia. Y sabía por dónde empezar.

La Copa Libertadores, la obsesión de Gallardo y River

La Copa Libertadores era un trauma para River. Llevaba 19 años sin conseguirla. Desde que River había levantado su último trofeo en 1996, Boca lo había ganado en cuatro oportunidades. Pero Gallardo cambió la relación entre el equipo y el torneo continental más importante de Sudamérica. Construyó un vínculo simbiótico: River irrumpió como un club a medida de ese campeonato, como la amenaza más rabiosa.

Desde 2015, cuando Gallardo lanzó a su tropa a la conquista de Sudamérica por primera vez, River es el equipo que más partidos jugó en el campeonato: tuvo 79 presentaciones, 15 más que Boca, el segundo en el intervalo. Ganó 37 encuentros, empató 28 y perdió 14. Consiguió triunfos en ocho de los diez países de CONMEBOL: solo no venció como visita en Bolivia y en Argentina.

Pero celebró tres veces en Brasil, una tierra prohibida: antes de Gallardo, River solo lo había hecho en dos oportunidades por Libertadores. De hecho, en la actualidad lleva un periodo de ocho sin caídas en ese país, e igualó el récord de Boca (2000-2008) como el equipo con el invicto más largo en Brasil en la historia de la competencia (2V 6E). Sus tres victorias son icónicas: 3-0 a Cruzeiro en cuartos de final 2015, 2-1 ante Gremio en las semifinales 2018, y 2-0 contra Palmeiras en las semifinales 2020.

El juego ante Palmeiras dejó un gusto agridulce. River quedó eliminado, pero fue insoportable. Remató 23 veces y 12 fueron al arco: ningún equipo, desde 2015, consiguió tantos disparos jugando un partido de instancia final de Libertadores como visitante en Brasil. Weverton, arquero de Palmeiras, tuvo que hacer diez atajadas: fue el máximo de un arquero brasileño como local en Libertadores desde 2015. Incluso con un futbolista menos durante un tramo del juego, River tuvo el 65,7% de la tenencia.

Al final de esa eliminación, Gallardo habló de “orgullo por cómo lo representó el equipo”. Las tendencias en Twitter también eran positivas.

La historia gloriosa del ciclo Gallardo, sin embargo, comienza antes. El campeonato de 2015 fue la piedra fundacional de la nueva etapa. Después de la volátil primera fase, River se construyó como un equipo confiable. Eliminó a Boca Juniors (en una serie polémica por un episodio de agresión de gas pimienta que terminó con una decisión de CONMEBOL), ganó en Brasil, sacó a Guaraní y tuvo una final sólida contra Tigres. No perdió como visitante en ningún cruce de eliminación directa.

En esa Libertadores, River fue el tercer equipo con menor cantidad de goles recibidos por partido (0,64), y el tercero con menos disparos a su propio por encuentro (3). River salió campeón una noche de lluvia y con una goleada 3-0, en la última final de Libertadores ganada por tres goles de diferencia. Ese título lo llevó a jugar un partido en la final de la Copa Mundial de Clubes de la FIFA contra el Barcelona de Lionel Messi, Luis Suárez y Neymar. River sufrió el encuentro y cayó 3-0.

La edición 2016 fue un golpe duro para Gallardo. River quedó eliminado en octavos de final contra Independiente del Valle en el Monumental, a pesar de ganar 1-0. Hay que darle contexto a esa actuación. River pateó 34 veces, más que en ningún otro juego de la era Gallardo, y 21 de esos remates fueron desde adentro del área (segundo en la era Gallardo). Trece tiros fueron al arco. Librado Azcona, arquero de Independiente del Valle, hizo doce atajadas: solo dos arqueros hicieron más salvadas que él en un partido de Libertadores desde 2013. A Gallardo lo sacó la inspiración de un hombre.

Un año más tarde, luego de los mágicos ocho goles en cuartos de final ante Jorge Wilstermann (único partido de instancia eliminatoria donde un equipo anota ocho veces), Lanús lo anestesió durante algunos minutos y a River se le terminó el torneo en las semifinales.

Para volver a ganar había que hacer algo diferente.

River invirtió millones de dólares en dos futbolistas, Lucas Pratto y Franco Armani. No eran nombres improvisados. Armani había sido el arquero artífice del campeonato de Atlético Nacional en la Libertadores 2016, y Pratto había brillado en Vélez, Sao Paulo y Atlético Mineiro. Eran las dos piezas que necesitaba para fortalecerse en las dos áreas. River no se destacó en números en esa Copa. No lideró ninguna métrica especial. Tuvo, incluso, el encuentro con tenencia más baja del ciclo Gallardo: en el triunfo 3-0 ante Racing en octavos de final, promedió el 27,3% de la posesión.

Pero tuvo épica. Tuvo rebeldía ante Independiente, tuvo mística ante Gremio. Y tuvo Madrid. Madrid fue el segundo Superclásico en el que River concentró mayor posesión, tal vez por la postura de Boca luego del gol de Darío Benedetto. Fue el segundo Superclásico con más tiros al arco: seis. Y fue el partido en el que Boca hizo menos faltas: el Xeneize cometió apenas diez infracciones, algo que solo se repitió en tres encuentros. Pratto igualó el marcador, y Juan Fernando Quintero y Gonzalo Martínez se convirtieron en los únicos futbolistas en marcar un gol en prórroga de una final de Conmebol Libertadores en el Siglo XXI.

Gallardo tocó el cielo: “No hay más que esto”, le decía, en el césped del Santiago Bernabéu, a uno de sus colaboradores.

Pocos días después, el aterrizaje de la alegría fue peligroso: River perdió ante Al Ain en la semifinal del Mundial de Clubes, y se perdió de la posibilidad de enfrentar al Real Madrid en la final.

Al año siguiente, River volvió a eliminar a Boca de la Libertadores y se le escapó un histórico bicampeonato ante Flamengo en dos minutos de desconcentración.

River regresó cargado de furia. Sus números en la edición 2020 fueron brutales. Fue el equipo con más goles por partido (2,75), más tiros al arco por encuentro (7,75), más goles esperados por juego (2,90), y más chances creadas -pases previos a un disparo mas asistencias- por cotejo (14,6). Esas estadísticas también fueron los mejores indicadores del River de Gallardo en la competencia. Ofensivamente, el Millonario fue una tromba: le hizo seis goles a Nacional como visitante, siendo el primer equipo en anotar media docena de tantos como visitante en cuartos de final de Libertadores después de 60 años. Pero tuvo una noche negra. Palmeiras le metió tres goles como local, y a River la serie se le hizo cuesta arriba. River venía rápido y una mala curva lo dejó afuera. Lideró en todas las métricas, y parecía el gran candidato. Pero el fútbol tiene episodios inesperados.

La historia de Marcelo Gallardo también es inesperada. Si tomaba el puesto en Newell’s, nada de esto hubiese ocurrido. Después de siete años en el cargo, su nombre ahora está grabado en mármol. Ese premio también se lo ganó. Nadie levantó siete títulos continentales en River como él. Nadie creía que podía convertirse en un héroe eterno.

Nadie menos él.